Rafael Antonio Moñino Ramírez. PS. MBA Miembro Fundador
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La Educación es parte de la cultura, de cualquier cultura, se inicia en el momento en que los padres inciden en la transformación de los hijos y en la medida que estos aprenden a convivir en el hogar podrán luego transferir las enseñanzas a la convivencia en comunidad, es decir, podrán hacer el tránsito desde la infancia a la edad adulta, tanto en la familia como en la sociedad. Por tanto, en la vida cotidiana, las personas con una buena educación revelan comportamientos adecuados como miembros de la familia y como miembros de la comunidad, lo contrario también funciona, si no se recibe una buena educación en la infancia y adolescencia, difícilmente contribuirá en la participación familiar y comunitaria. En las relaciones humanas, es el amor la emoción que construye y sustenta el vínculo relacional y permite el vivir social. También, la convivencia social se construye en el ámbito de la convivencia familiar en donde la educación en los valores, tales como la solidaridad, la honestidad, la colaboración, la equidad, el respeto mutuo, son las abstracciones fundamentales y manifestaciones reconocidas del convivir en el amor.
Esto es, reconocer el amor como generador de la salud psíquica, física, espiritual y social puesto que permite aceptar la legitimidad de otro, lo incluye, lo ve, lo acoge y se generan comportamientos responsables al ser conciente de las consecuencias de sus actos consigo mismo y con los demás. La educación penetra todas las dimensiones relacionales del vivir, tanto los espacios privados: la familia, el colegio, como los espacios públicos: la calle, el vecindario, en general, todas las redes de conversacionales del convivir en la comunidad. La educación contribuye a la preparación de la convivencia humana social sana, cuando se orienta a facilitar la red de procesos educacionales y los de las relaciones de convivencia. Estos procesos, deben preparar a las personas para que puedan dar respuestas pertinentes en cualquier momento que se necesite el saber actuar, el querer actuar y el poder actuar. Lo anterior, se construye cuando en la dirección familiar se tiene claridad sobre la importancia de formular adecuadamente, por parte de los padres, la visión, los objetivos, los procesos de educación, para que la integración de la familia, entre los padres, entre los hijos y entre todos los miembros, se puedan desarrollar y gestionar todos los elementos componentes de las capacidades, las acciones y los compromisos, de modo que el efecto impacto sea constituir y construir las competencias necesarias para la sana convivencia.



